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La gruta de las maravillas

Como un cuerpo de agua, una pequeña concentración de líquido, fluido hecho conciencia. Un delicado encaje, una certeza en el camino. Una luz que se refleja en la mirada, una extraña sensación en las pupilas. El iris encontrándose con la dicha. Las células atestiguando la posibilidad de la belleza en donde todo reverbera haciéndose eco de vida, reminiscencia redondeando otras dimensiones, ocultas a la mirada seca, estrecha, presa del cálculo y el tiempo, presa en su propia ignorancia.


Me adentraba, con paso húmedo, hacia la entraña, hacia la gruta. No sabía aún el alma que en su caricia leve se hallaba el gesto de la Tierra tallando la oquedad de la montaña. Arriba el castillo, fortificación construida para la defensa, abajo la cueva, el agua incesante paridera de vida.


Poco a poco la lágrima, como la gota por milenios esculpiendo maravillas, comenzaba a marcar la sintonía con la hermosura circundante. Embriagado en su sencillez, sobrecogido, desbordaba agua salada en un anhelo, quizá, por darme en sacramento a la majestuosidad de la bóveda de arcilla y roca, al espacio vacío omniabarcante. Acomodando la mirada en recovecos infinitos, resbalaba el ojo por superficies hidratadas, tanta sensualidad deshizo toda resistencia interna.




Ella había entrado en mí. Me estaba penetrando dulcemente. No era tanto que yo, aliento de la nada, anduviera cavidad adentro, no. Era más bien que ella, maravillosa, se había deslizado en la entrañas de lo que transitaba en sus adentros.


Intestinal, entrañable, visceral, delicada y poderosa, sensual, resbaladiza, sutil, acogedora, apacible, tierna, magistral, seductora, misteriosa, suave, cálida, húmeda, fresca…albergaba la posibilidad de nuevos alfabetos. Expresiones nunca abiertas.


Cada gota escurría diccionarios sobre los ya paridos siglo tras siglo. Bibliotecas infinitas de poemas. Abecedarios marmóreos amontonados con elegancia tan sublime que dejarse penetrar por sus significados era lo mínimo que la voluntad pudo sembrar.


Dejarse hacer, ante belleza tan ancestral, desaparecer en ella. PERMITIR, ser atravesado por ella al mismo tiempo que íbamos adentrándonos en ella.


Hasta llegar al corazón de la certidumbre.


El tiempo de la Tierra, el de verdad, es el que quiero ser. La belleza siendo consciente de sí misma.

¡Qué maravilla!


Sedimentando en mí esta certeza. Permeando Aracena en vena.


Antonio Jiménez (Toño)

Participante en el programa Relevo Rural - Inmersión en ValdelArte

 
 
 

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